   Cuando la inquieta nave, refractaria
a indolentes perezas, dejó el puerto,
e internóse en el náutico desierto
ávida de región hospitalaria;

   ella junto a la borda solitaria,
viendo esfumarse el horizonte incierto,
la frialdad homicida de lo yerto
sintió invadir su dicha visionaria.

   Y entonces ¡del amor loca sublime!
asiéndose al anhelo que redime
con un desbordamiento de alegría,

   forjóse una quimera misteriosa:
¡que su alma se quedaba venturosa...
en las patrias riberas con la mía!