   ¡Cuántas veces, Señor, el mundo aislado,
en apacible soledad amiga,
mi corazón, rendido a la fatiga,
a tus pies reverente se ha postrado!...

   ¡Cuántas veces mi amor te ha suplicado
que tu mano piadosa me bendiga,
pues mi propia conciencia me castiga
a velar el cadáver de un ahorcado!...

   Y ante él, ante mis culpas, he aprendido
que jamás tu clemencia me abandona:
nací para servirte... ¡y te he ofendido!...

   ¿Quién a tu siervo, como Tú, perdona,
y con voz paternal dice a su oído:
«¡Tuyo soy!, mi corona es tu corona»?