   Señor, Señor, que se me va la vida;
detén el rayo que extinguirla intenta:
oigo el ronco fragor de la tormenta
que sobre mí retumba enfurecida,

   y trémulo -sacrílego deicida,
cómplice de tu muerte y de tu afrenta-,
tu cólera implacable me amedrenta
y tu excelsa justicia me intimida...

   ¡Tu justicia, Señor! La ley que ampara
al inocente, al triste, al desvalido,
de Ti, inflexible y dura, me separa...

   Pero si grande mi maldad ha sido,
más grande es tu clemencia... ¡nunca avara
del perdón, de la gracia, del olvido!...