   Os ofrezco los ayes, los dolores,
las angustias que amargan mi existencia,
a la vez en descargo y penitencia
de mis culpas, Señor, y mis errores.

   Dones son y magnánimos favores
que despiertan la voz de mi conciencia
y me acercan a Vos... Vuestra inocencia
padeció por mi bien penas mayores.

   Sufra yo, pecador empedernido,
pues Vos sufristeis, implacable y puro...
¿Cómo alcanzar vuestro perdón, si olvido

   que a este valle bajasteis, «hondo, escuro»
sólo, Señor, por verme redimido
y conducirme al «inmortal seguro»?