   Señor, de nuevo ante tu altar postrado,
mis culpas te confieso, arrepentido:
de nuevo acudo a tu piedad, rendido
por el peso implacable del pecado.

   Mi espíritu me advierte, desolado,
que tu nombre otra vez ha escarnecido,
y cobarde otra vez y envilecido
contra Ti y tu poder se ha rebelado.

   Mas yo sé que magnánimo me amparas,
y aunque gimo y te invoco, no me arredro
al juzgar mis traiciones y mis dudas;

   que si a Pedro y a Judas me comparas,
dirás que te he negado como a Pedro...
¡pero no te he vendido como Judas!...