   No pretendo, Dios mío, que piadoso
el cáliz del dolor de mí separes...
Yo apuraré, paciente y animoso,
la hiel con que mi espíritu acibares.

   ¿Puedo acaso pedirte que me ampares
de la paz en el cómodo reposo,
si contemplo elevado a los altares
al infeliz, al triste... no al dichoso?...

   Dame penas y angustias sin medida,
y llegará mi esfuerzo al heroísmo
en defensa del alma dolorida...

   ¿Armas?... Las he ensayado por mí mismo
en los rudos combates de la vida:
mucho Kempis y mucho Catecismo.