   Por qué has de consentir la culpa impía,
que te ofende, Señor, y tu ley santa
con orgullo satánico quebranta,
en perenne y odiosa rebeldía?...

   Quizá por redimir el alma mía
tu piedad a mis yerros se adelanta,
pues tu mano a los míseros levanta
y en el dolor consagras la alegría.

   En pos del huracán y la tormenta
el sol con mayor brillo resplandece...
Así tu amor mi confusión ahuyenta,

   y radiante mi duda desvanece:
que también tras la culpa, que te afrenta,
erigiste el perdón, que te engrandece.