   Ni Dios, ni ley, ni hogar... ¡A la pelea!
Destruir y robad hasta la hartura;
no respetéis altar ni sepultura,-
el bárbaro grito. ¡Maldito sea!

   Por él sembrada, germinó la idea,
y a recoger el fruto se apresura,
que ya en los aire ser puñal fulgura
al resplandor de la incendiaria tea.

   Enrojece la sangre las astillas
del taller, el palacio y el convento...
¡Odio, muerte, exterminio!: las semillas

   que a los surcos del crimen llevó el viento...
-¿Y aun haréis, mandarines y golillas,
libre, inmune, sagrado el pensamiento?