   Busca el alma, Señor, piloto experto
que en el mar proceloso de la vida,
tras la fiera borrasca embravecida
salva la lleve al abrigado puerto.

   Yo a Ti acudo, Señor: que el riesgo advierto
de mi frágil barquilla mal regida
y sé que, por tu mano protegida,
no habrá de zozobrar en rumbo incierto.

   El tiempo es duro y la jornada ruda...
Mi atribulado espíritu defiende
de los recios embates de la duda...

   Las nieblas desvanece, el viento calma,
y en el confín de mi horizonte enciende
el faro de la fe... ¡la luz del alma!...