   Te adoro, ¡oh Dios!, ante la Cruz te adoro,
y a tu bondad mi perversión someto:
tu amor invoco, tu poder respeto,
tu gloria ensalzo... ¡y mi perdón imploro!

   Vibre tu verbo plácido y sonoro
en mi turbado corazón inquieto,
rebelde al torpe, abrumador secreto
de mis culpas sin fin, que triste lloro.

   Sé el Dios de la piedad. Padre clemente,
propicio siempre a redimir las faltas
del hijo pecador o delincuente...

   ¡Tú, que desde las cúspides más altas
calmas el mar, serenas el ambiente,
el sol enciendes y la tierra esmaltas!...