   No es preciso, Señor, que tu voz hable
para mostrarte grande y poderoso:
te aclaman en concierto portentoso
la sierra, el llano, el piélago insondable;

   las sombras y la luz, la perdurable
sucesión de la vida, el fragoroso
estampido del trueno... ¡este reposo
de una naturaleza incomparable!...

   Y si no te ensalzaran a porfía
eterno, omnipotente, justo y fuerte,
los mundos que creaste, todavía

   pudiera honrarte más y enaltecerte
¡la fe con que a tus pies el alma mía
árbitro te declara de mi suerte!...