   Martes de Carnaval. A paso lento
recorrió la ciudad, entre el ruido
de la turba y con ella confundido
un fraile demacrado y harapiento.

   Al volver, mudo y grave, a su convento,
el lego preguntóle sorprendido:
-¿No dijo su merced que hemos salido
a predicar? -Y consumé el intento.

   ¡Vaya un sermón el que hemos publicado!,
el fraile replicó: -Nuestra presencia
¡a cuánto pecador habrá angustiado!...

   ¿Quién no escucha la voz de la conciencia,
cuando llama a la puerta del pecado,
en medio del placer, la penitencia?...