   ¿Por qué he de amar y apetecer la vida,
si es mi vida durísimo tormento,
que a la vez voluntad y entendimiento
flagela sin piedad y sin medida?

   No ambiciono vivir. Mi alma, rendida
al rigor del continuo sufrimiento,
feliz, Señor, contemplará el momento
que ponga fin a su misión cumplida.

   El pájaro se esconde en la enramada
cuando ruge el ciclón... -Mas, ¡ay!, ¿mi suerte
me obliga a pelear?... Dame una espada,

   infúndeme la fe del hombre fuerte
y haz, Señor, que termine mi jornada
vencedor de la vida... y de la muerte.