   Sube el alma, cual águila, a las cimas
en que de nubes se corona el cielo,
y hasta el trono de Dios levanta el vuelo,
viajera de otros mundos y otros climas.

   -Llego, Señor -exclama-, a que redimas
la inquietud de mi amargo desconsuelo:
el cuerpo a que me uniste. Pudre el suelo,
mientras en nuevo ser mi vida animas.

   Al postrarme a tus pies atribulada,
víctima de la carne y su vileza,
¿seré por tu justicia condenada?...

   -Mancillaste el blasón de tu nobleza...
-Capitulé, Señor. -Quien ciñe espada
no rinde sin luchar la fortaleza.