   Soy la sierpe que, oculta entre las flores,
acecha en sueño incauto al enemigo;
yo la vida en los hombres atosigo
con el fermento vil de los rencores.

   De airadas muchedumbres, los hervores
avivando cruel sin tregua sigo;
yo cuanto hay de benéfico maldigo
y hasta anido letal en los amores.

   A mi rinden su culto sanguinario
el artero puñal del asesino,
la tea destructora del sicario.

   Mas mi fuerza es estéril; si el destino
alardeo amparar del proletario,
sólo es por explotar su desatino.

