  No hostigó la ambición mi noble anhelo
de encontrar la verdad, rendí mi frente
humillada en el polvo, mi fe ardiente
encaminó mi pensamiento al cielo;

   y en alas de esa fe, tanto su vuelo
remontó, que las brumas de la mente
mezquina disipó resplandeciente
la eterna luz, rasgando el denso velo.

   Desde allí, con espléndida evidencia,
el enigma insoluble de la ciencia
resuelto contemplé, porque el humano

   entendimiento olvida en su impotencia
que tan sólo de Dios en la Omnisciencia
está la clave del sublime arcano.

