   Marco el postigo a su hermosura era,
¡ha cincuenta años! ¡con dolor lo digo!
Hoy pasé por su calle y el postigo
abierto vi, como diciendo: -¡Espera!-

   Ni un compañero de mi edad primera
existe ya, de mi pasión testigo;
de aquellos que rondábanla conmigo
por las losas gastadas de la acera.

   ¡Ella, núbil, bajó a la sepultura
llevándose un ensueño de ventura!
Cruzo delante de su hogar desierto...

   Vuelvo atrás la mirada entristecida,
y se le antoja al alma dolorida
hoy, el postigo aquel, un nicho abierto.