   El astro de oro, el luminar del cielo,
en las líquidas ondas se ocultaba,
la brisa, caprichosa, jugueteaba
en las selvas oscuras de tu pelo.

   -¡Canta! -dijiste- con vibrante anhelo!
¡Canta esa lumbre excelsa que se acaba!-
Y en la línea indecisa fulguraba

   del cárdeno horizonte, sin un velo.
¡Lo recuerdo muy bien! En la agonía
del celeste volcán, bella María,

   miraba yo tu faz encantadora...
Y ante aquel espectáculo de muerte.
¡raro contraste!, parecíame al verte
que despuntaba, espléndida, la aurora.