   Fue una tarde muriente, que el tiempo no ha podido
borrar de mi memoria, cuando hablamos de amor...
Fue una tarde muriente... ¡Yo estaba conmovido
borracho de ilusiones, de ensueño y de dulzor!

   Tú, ocultabas tu hermoso semblante, embellecido
más aun por un casto e infinito rubor
entre tus manos blancas; y tu pecho oprimido
temblaban asustados tus dos senos en flor...!

   Mas, cuando lentamente principió la agonía
del Sol que en el radiante crepúsculo se hundía,
cediendo a un imperioso, loco anhelo sensual,

   se unieron nuestros labios -ansiosos de ternura-,
en un beso más dulce que la misma Dulzura
y en nuestros corazones floreció el Ideal...