   Dame, Señor, el poderoso don
en que el prodigio de tu gracia esté:
venda mis ojos, y al luz veré
que atribulada busca mi razón.

   Derrama en mi ulcerado corazón
el bálsamo divino de la Fe;
disipa las tinieblas, y saldré
del abismo de tanta confusión.

   Y brillando en continua claridad
este arroyo de amor que siento en mí,
reconozca y confiese la verdad,

   y pueda el alma enamorada así,
al comprender tu excelsa eternidad,
perpetuamente complacerse en ti.