   Mientras el aura del ardiente estío
derramaba con fuego fatigado
sobre la mustia majestad del prado
del alma aurora el virginal rocío,

   besando el agua del raudal umbrío,
a la sombra de un álamo apartado,
oyó que así en murmullo sosegado
decían el árbol y el sonoro río:

   -Si el céfiro de abril huyó ligero,
¿qué espíritu divino te alimenta
y hace perpetuo tu verdor primero?

   -Yo presto sombra cuando el sol calienta,
rasgo del aire el torbellino fiero
y el bien que hago mi verdor sustenta.