   Hija querida de la dulce aurora,
pura como sus tímidos fulgores,
entre infinitas y galanes flores
una más bella acariciaba Flora.

   Alzábase la flor encantadora,
y creciendo en bellísimos colores,
mostraba su ternura a los favores
del solícito afán de su señora.

   Flora halló una mañana carcomido
el hermoso botón, y en él escrita
la huella de un gusano maldecido.

   «Tú eres la rosa del amor bendita,
y ese gusano ruin es el olvido.»
Dijo, y lloró sobre la flor marchita.