   Cuando piensas a solas hijo mío,
con deleite visiones de impureza,
yo contemplo de Cristo la cabeza,
que vas de abrojos a ceñir impío.

   Oigo crujir de un modo que da frío
las puntas que rechinan con fiereza
resbalando en el cráneo, que empieza
de carmín a brotar tibio rocío.

   Ya te miran de lágrimas bañados
los ojos del Señor, tan dulcemente,
que ablandaran a tigres no domados.

   Y, ¿tú sientes placer, y tu alma siente
que está bien, repitiendo los pecados,
de tales rosas coronar su frente?