   Cuando veo cuán grande es tu dulzura,
cuán inmenso tu amor, tu bondad cuánta,
transida de dolor mi alma se espanta
y no cabe en mi pecho la amargura.

   ¿Es posible, gran Dios, que en mi locura,
hallando tu doctrina bella y santa,
me arrojara en las olas que levanta
en el mar de la duda la impostura?

   ¡Perdón, Jesús, perdón! Arrepentido
a tus plantas me postro conmovido
y te pido sufrir sin tregua, tanto

   que sea un padecer cada segundo;
para arder en tu amor eterno y santo,
¡dame, Señor, un Gólgota en el mundo!