   Tú nos amas, Señor, y no te amamos;
Tú nos llamas, mi Bien, y no acudimos;
Tú padeces, mi Dios, y no sufrimos;
Tú nos hablas, Jesús, y no escuchamos.

   Eres todo dulzura, y te olvidamos;
nos quieres amparar, y resistimos;
nos esperas con ansia, y rehuimos
salir del mar sin fondo que surcamos.

   Eres todo bondad, todo belleza;
eres paz, comprensión, ternura, luz;
manantial de bondad cuya grandeza

   culmina en la tragedia de la Cruz.
¡Abrasa nuestras almas, Redentor,
en la hoguera sublime de tu amor!...