   Y bien: todo ese tiempo de vidas amorosas
se estremece en la lira del poeta risueño,
que aparece en diez lustros como el único dueño
de cuanto sabe a mieles y cuanto huele a rosas.

   El poeta sonríe cuando habla de esas cosas;
y a través de su canto, como a través de un sueño,
Jesucristo sonríe también desde su leño...
y todas las sonrisas se vuelven mariposas.

   Noble, irónico, fino, disimula el manto
de su verso, el poeta, todo el vicio: su canto
torna el mal de las gentes en artístico bien;

   y, resaltando sobre la liviandad oscura,
de esa edad que él cantaba, sólo, al fin, su figura
quedará por los siglos de los siglos. Amén.