   En la reja nerviosa gime una serenata,
bajo un celestinaje de picaresca Luna;
y tras la celosía, se presiente que hay una
mujer que es toda hecha de suspiro y de plata.

   El galán embozado sus querellas desata
en el claro silencio de la calle moruna;
y, como un ala de ave que roza una laguna,
va diciendo en su canto la pena que lo mata.

   Cesa la melodía; cruje la celosía;
y la miel de un coloquio se disuelve en la hora,
hasta que el gallo dice la anunciación del día.

   Se alarga un beso bajo la luna macilenta,
las penumbras sonríen y la reja se enflora...
y esto es aquí y en mayo y en el año cuarenta.