   Por entre sombras infeliz viajero,
perdido el rumbo, sin parar camina:
un precipicio aquí, y allá una esquina
marcando van su lóbrego sendero.

   ¡Sin fin luchar con mi destino quiero!
Exclama, y sigue, y la cerviz no inclina;
porque dentro de sí llama divina
siente abrasar su corazón de acero.

Hondos abismos a su espalda deja,
y zarzales y horror; y el blanco alcanza.
Su triunfo al cabo el vencedor festeja.

   ¿Quién en tan ardua lid la confianza
supo inspirarle y acallar su queja?
El rayo celestial de la Esperanza.
