   A orillas del tranquilo Manzanares
contemplo mudo como muere el día,
y hundido en mi habitual melancolía
¡ay! me traslado a mis elíseos lares.

   María, Concha, Andrés, Plácido... altares
do culto rinde a Dios el alma mía,
son su ornamento, y el fanal que guía
mi débil barca en tempestuosos mares.

   Amor de esposo en mis adentros mora,
amor de padre en mis adentros crece,
y el corazón sus ídolos adora.

   Que es Fénix este amor, y no perece:
eterna luz que mi horizonte dora,
árbol que eterno en mi jardín florece.