   El último rubor quedó vencido,
cayó su camisón color de rosa
y ante su nívea desnudez de Diosa
arrodílleme absorto y conmovido.

   Besé todo su cuerpo sometido
a mi pasión insana y lujuriosa
y empecé la tarea deliciosa
de introducir el pájaro en su nido.

   Cuando al fin, a la gloria transportados
nos sentimos llegar, aquella hermosa,
palpitante de amor, henchida el alma,

   tiróse un par de pedos tan tronados,
que tuve que bajas con toda calma
a recoger mis huevos estrellados.