   Lamentos de hembra y lloros de nacido;
duelos de viuda y quejas de casados;
de la vejez y el hambre los cuidados,
que cesan cuando espira el afligido...

   ¡Nacer! ¡Vivir! ¡Morir! Después ¡olvido!
¡Los siglos son sepulcros numerados
de seres mil y mil tan olvidados
cual sino hubiesen en el mundo sido!

   Y el corazón es péndulo que advierte,
con vaivén de dolor, que a la existencia
sólo enjuga las lágrimas la muerte.

   ¿A dónde, pues, con bárbara violencia,
río de la vida, corres a perderte,
si no es tu mar la Santa Providencia?