   Hay junto a la ventana de mi estancia
un laurel de la sombra protegido,
en donde guarda un ruiseñor su nido
apenas de mi mano a la distancia;

   y entre el verde follaje y la fragancia,
celoso, ufano, amante, requerido,
dice su amor con lánguido quejido
y dulce y elevada consonancia.

   Las horas de la noche una tras una
en sigilosa hilera huyendo el día,
siguen el curso a la encantada luna...

   Y en esta soledad, el alma mía
goza, sin envidiar cosa ninguna,
de su quieta y feliz melancolía.