   En un rincón del templo solitario
te vi ayer, con fervor, arrodillada,
dirigiendo, implorante, la mirada
a la cruz que se alzaba en el Sagrario.

   Pendía de tu cuello un relicario
y tu aptitud, humilde y resignada,
era de pecadora, confiada
en que borre sus culpas el rosario.

   Si a tus faltas pedías indulgencia,
merecerás del Cristo la clemencia;
mas si buscas disculpas a tu vida,

   aun más las iras del Señor provocas,
porque ese Dios inmenso a quien invocas
no se puede achicar a tu medida.