   La rosa, emperatriz de la hermosura,
que brinda al sol sus labios encendidos;
la que arranca a los céfiros y nidos
endechas rebosantes de dulzura;

   la rosa de opulenta vestidura,
que es gloria y embriaguez de los sentidos
y en los verdes jazmines florecidos,
cual rojizo relámpago, fulgura;

   la que aroma las noches de verbena,
fue, del mundo en la espléndida alborada,
más nívea que la cándida azucena.

   Pero Adán fijo en ella la mirada
y, palpitante y de rubores llena,
la blanca rosa se volvió encarnada.