   Un genio ardiente, un alma vengadora
reclama ya la universal conciencia:
brilla el cinismo, triunfa la licencia,
y la maldad se yergue vanidosa.

   Falta un genio de voz atronadora
que maldiga del mundo y la imprudencia,
reduzca al ambicioso a la impotencia
y arranque tanta máscara traidora.

   Un genio, sí, de frente inmaculada
que convierta su pluma de diamante
en látigo de fuego o recia espada;

   y que ostente en su espíritu radiante
de Tácito, la cólera sagrada
y el estro airado del terrible Dante.