   Largos trirremes de encorvadas proras
con la estatua de un dios, con los abiertos
velámenes de púrpura, que ciñen
cuerdas de seda pérsica, al ligero

   soplo del aire henchidos; con la popa
de oro y marfil ornada, y con los remos
blancos cayendo en uniforme golpe
sobre las quietas aguas, desde el puerto

   bogaban hacia el mar, y al clamoroso
grito de despedida, los viajeros
de las gallardas naves, agitando

   ramas de mirto y en la sien ciñendo
frescas guirnaldas de fragantes rosas,
de, ¡adiós!, mandaban el alegre acento.