   Ya del oscuro Citerón las cumbres
bajaba el sol a trasponer, vertiendo
ríos de luz sobre los verdes mares,
cuyos abrazos lánguidos y besos

   dulces y prolongados, adormecen
los grupos de las islas del Egeo.
Helios guiaba sus caballos de oro
hacia el collado de la augusta Delfos,

   y en las rocas de Egina y las abruptas
cimas sagradas del antiguo Himeto
sus reflejos de púrpura bañaban

   los bosques de olivares cenicientos,
por donde va, entre franjas de verdura,
del Cefiso el caudal siempre risueño.