   Callados miran, de la clara tarde
a la mudable luz, tierras y cielos
prolongarse sin límites. La noche
sube ya por las faldas del Taigeto;

   pero aún el rayo trémulo del día
brilla sobre el sepulcro de Teseo.
Callados miran de la mar hirviente
los vívidos cambiantes y el incierto

   vaivén de sus llanuras solitarias,
que leve impulsa pasajero el viento;
cuando, en sus frescas ráfagas, la brisa

   trajo a su oído el rumoroso eco
de la confusa multitud, que invade
las murallas de mármol del Pireo.