   Bajo del ancho pórtico, en las gradas
que hasta el atrio conducen, sobre el fresco
césped que brota entre las blancas piedras,
de las columnas jónicas sustento,

   Platón descansa entre el amado grupo
de sus fieles discípulos, que atentos
ora a la voz de su elocuente labio,
ora el rumor del mar, que en sordo estruendo

   bate del cabo las deformes rocas,
ora a las quejas lánguidas del céfiro
yacen inmobles semejando aquellas

   escenas de los dioses que el eterno
cincel de Fidias, en los anchos frisos,
supo trazar del Partenón soberbio.