   Pasó el otoño y se llevó arrastrando
de tus ramajes el verdor divino;
siguió el helado invierno su camino
tus amarillas hojas arrancando.

   El tallo altivo y el capullo blando
volaron como el loco torbellino,
y solo el dulce fruto purpurino
en la alta rama se quedó temblando.

   Pero al fresco batir de la sonora
lluvia, tus hojas juveniles crecen,
y un ancho y verde manto te decora.

   No así las ilusiones que fenecen
en el alma del hombre, aunque las llora,
con su frescura, oh árbol, reaparecen.