   -Confieso, señor cura, que he pecado
por codiciar a la mujer ajena...
-¿Tal vez a Magdalena? -A Magdalena.
-¡Guapa mujer!... Lo había imaginado.

   -Acúsome también de que ha cruzado
por mí una idea atroz que me condena
respecto a Salomé... ¡Pues esa es buena!
-¿Mi ama? -Sí, señor. -¡Desventurado!

   -¿Es grave crimen?... De la raya pasa.
-Hoy el remordimiento me devora.
-Pues no será la penitencia escasa...

   No has de salir del templo en una hora.
(Qué es lo que tardaré yendo a su casa
en donde me ha citado su señora.)