   Pulcro, fino, elegante, perfumado,
va oliendo a «patchouli» y a bergamota,
y, con gestos ridículos, denota
que está de su persona enamorado.

   Mucho más que un delito o un pecado
cualquier falta en el traje le alborota,
y siempre que confiesa a una devota
se pone derretido, almibarado.

   A cuantos le conocen causa risa,
porque recuerdan, y él con desconsuelo,
que cierta vez, vestido muy deprisa,

   por hacer una gracia hizo un revuelo
al volverse a decir el Ite misa...
y se le vino el polisón al suelo.