   Ya es blanca tu cabeza, pobre anciano;
tu cuerpo, cual la espiga al torbellino,
se dobla y rinde fácil; ya tu mano
el amigo bordón del peregrino

   maneja sin compás, y el aire sano
es a tu enfermo corazón mezquino...
Deja la alforja, ve, descansa ufano
en la sombreada orilla del camino.

   Descansa, sí, mas como el sol se acuesta
viajero como tú, sobre el ocaso
y el astro que le sigue un rayo presta:

   Abre así con amor tus labios viejos
y alumbra al joven que te sigue el paso
¡con la bendita luz de tus consejos!