   En el hueco de un cráneo carcomido
que el hado, cual corona funeraria,
puso sobre la peña solitaria
de una selva, hizo un pájaro su nido.

   Vagando yo, en mis sueños embebido
por aquella región hospitalaria,
llegué a la agreste peña cineraria
y vi aquel cráneo, emblema del olvido.

   Y cuando entre las ráfagas del viento
esperaba escuchar el triste acento
del grito postrimero de su inerte

   boca, o con el alma estremecida,
salir de aquel despojo de la muerte
el trino placentero de la vida.