   Vetustas y grandiosas catedrales,
ensueños concretados en la piedra,
en vosotras se ve ascender la hiedra
y abatirse las ansias terrenales.

   Apenas por los huecos ojivales
de los altos cimborrios, la luz medra,
y abajo el Miserere, nos arredra
entre caudas de sombras sepulcrales.

   Para las almas puras y sencillas,
aun guardáis a su Dios; la muchedumbre
ya no os dobla, cual antes, las rodillas;

   que sois, del siglo a la incendiaria lumbre,
como palacios de arte, maravillas,
como templos de fe, polvo y herrumbre.