   «Esta hora de tu vida es la postrera»,
gritó una voz en sueños al impío;
empapado despierta en sudor frío,
erizada de horror la cabellera.

   «¡No más una hora!», exclama y la altanera
vista humilla con ciego desvarío;
¿Cómo alzarla podrá quien con desvío
a la virtud miró que en lo alto impera?

   Oye como del tiempo van huyendo
las lejanas pisadas. Sordo al lloro
de la piedad, vacila y se confunde;

   tiembla, suspira... y con dolor volviendo
la memoria al placer, la vista al oro,
toca a su fin y en el abismo se hunde.