   ¿Y desciendes, Señor, de tu morada,
para que yo en mi pecho te de abrigo?
Para que el polvo vil se una contigo,
¿tu majestad reduces a la nada?

   ¿Cómo podré a tu mesa regalada
sentarme ¡oh Dios! cual tu mejor amigo,
ser de tu inmensa caridad testigo,
y allí comer tu carne inmaculada?

   Mas ven a mí, riquísimo alimento,
hárteme yo del Pan sacramentado,
y en gloria trocarás tu abatimiento:

   Pues porque Tú no quedes humillado,
me veré yo ascendido hasta tu asiento,
y casi en otro Dios transfigurado.