   El grito de Dolores es la voz que despierta
la conciencia de un pueblo sumida en el letargo,
clarín de Roncesvalles que en penetrante y largo
clamor, esparce al viento un infinito alerta.

   Morelos tiene el alma para ese grito abierta;
su paz de sacerdote trueca por el amargo
trajín del guerrillero, y en el sublime cargo
de encender en las almas la fe constante y cierta.

   ¡Oh, sí! Cuando de Hidalgo el enemigo hiende
la vida, cuando su alma al infinito asciende,
parece que una herencia dejara en el suplicio;

   Morelos la recoge con serena mirada;
bien sabe que el martirio cortará su jornada,
que ha de ser de su vida, corona el sacrificio.