   Solo en la arena estoy; ¡a mí, lictores!
Augusto Emperador, te desafío:
El Dios de los cristianos es el mío,
y tu poder desprecio y tus furores.

   Cérquenme ya los tigres bramadores,
que quiero en ellos ensayar mi brío,
y una vez más el holocausto impío
ofrece en el altar de tus errores...

   Aun en la arena estoy, reposo mudo,
fatídico silencio, quietud santa,
indecible terror hallo do quiera;

   nadie responde a mi lenguaje rudo:
¡Sólo una cruz al cielo se levanta,
donde la luna inmóvil reverbera!