   -¡Tuya o de Dios!- con infantil denuedo
de hito en hito mirándome decía.
-¡mía, prenda del alma, siempre mía!-
le contestaba yo casi con miedo.

   El viento que murmura triste y ledo
de su voz me repite la armonía;
ella ya no está aquí, Dios la quería,
y ni llorar su desventura puedo.

   Viva, del tiempo la inflexible mano
desvanecido hubiera poco a poco
aquel amor, que guardo en mi memoria:

   Muerta, la tierra me la oculta en vano,
y aún con mis labios trémulos la toco
cuando penetro en sueños en la gloria.